En el artículo “El ídolo” del libro El fútbol a Sol y Sombra del escritor uruguayo Eduardo Galeano, es el escritor quien toca diversos temas. Desde la infancia, el apogeo e incluso el retiro obligado, los lectores llegan a pensar y a mirar de otra manera a sus estrellas.

Jurados irrefutables resultan ser los hinchas a lo largo de la carrera deportiva de un futbolista. Ya desde pequeño, el astro hace malabares en las canchas de fútbol 5 y recibe a cambio el aplauso de los espectadores, padres. Eso es lo único que puede obtener ya que la vida no le ha dado muchas cosas, se crió en la pobreza y lo único que tiene para darle al mundo es su habilidad.

Algunos años más tarde, ya en un club de nombre y jugando en una cancha de once, el talentoso deportista se transforma en mito. La juventud y el apogeo lo ayudan a mantener y defender esa característica que supo ganarse con el correr de las buenas actuaciones hechas durante los partidos ganados.

Cuesta llegar a ese nivel, pero él lo logra. Es un ídolo, el Mesías de su club, el salvador. Sin embargo quiere más, busca la perpetua consolidación en la memoria de sus seguidores. Aspira a ser leyenda para poder ser conocido por las futuras generaciones.

No tiene nada que perder, pocos fueron sus estudios y lo único que puede estropear su cometido es aquel resultado del transcurso del tiempo, la vejez.

El habilidoso juega y hace jugar, y además su etiqueta de ídolo le permite hacer cosas que otros jugadores en sus vidas podrían hacer sin rencor alguno de la afición, como la transferencia al eterno club rival e incluso la sequía de goles, ambos le son permitidos.

Pero tarde o temprano el arrugado temor llega, el físico paga su precio pero la habilidad no se pierde. De todos modos, la magia ya no se entiende con la velocidad, tan necesaria en este fútbol. Los aplausos recibidos en su niñez ya no están, son un recuerdo, y ahora predominan los insultos en boca de la hinchada que tiempo atrás lo alababa como si fuese un Dios.

Por Carlos Siffredi

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